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Des/trozos vacilantes?
Era un pulgarcito, había ido dejando piezas de su cuerpo por las geografías.
A puro orgullo, ahora creía, ser un todo en un pulgar aventurero y la mejor pieza de su rompecabezas humano.
Tenía sus movimientos y virtudes, podía negar, afirmar; ni ahí aceptaba imposiciones, sabía ponerse boca abajo para lapidar; pulsar botones para ascenso o descenso aún a riesgo de ser arrasado por fétidas cloacas. Ponía en movimiento las pantallas entretenimiento, ¿qué más?
Tan liviano y contundente a la vez, por eso había discutido con las otras quedarse de una sola pieza a cargo de sus lances. Trotamundo llegó al desierto. Descubrió que se hundía y confundía con la arena; poca presencia caviló, deseó estar para lograr auxilio, con la boca silbadora que dejó embelezada en Viena entre niños cantores y con las piernas equilibristas que recalaron en circos europeos. Hasta rogaba por los brazos, esos soberbios, creídos tan hábiles, que los dejó probando ser alas, probando seducciones.
La cara había sido arrojada a un espejo, como entronización de santuario, lloraban los ojos gotas negras y la gente en lineal sin pararse a entender a los cuerpos mutilados, agolpaba gritando: milagro!!

Pulgar en tanta extrañanza, comprendió que en pedazos se es exilio, derrota, desgajos; un ente de puzzle perdido de la caja original.
Catástrofe. Vientos de arenales, herrumbres del silencio. Él no supo su destino

El hombre despertó en Budapest, entre carpas de un circo.¿Cómo se había dormido aquí, si él vivía en Buenos Aires? Una cruenta alucinación no lo dejaba escapar de cuajo del entresueño. Vivió como su cuerpo era vendido en piezas manoseadas dentro de un cartón, multitudes reclamaban por estafa. Faltaba una pieza final: un pulgar.
Alguien lo sacudió, sintió que llegaba su cabeza, el ruido de su tronco y extremidades encajándose; lo despertaron totalmente. Se vio saludándose a sí mismo y abrazándose. Se sintió feliz sin entenderse. Sólo lo aquejaba un dolor extremo en la mano izquierda y el estupor de que a ella, le faltaba el pulgar.
A lo repentino se sumó un tornado fugaz que lo atornillaba, lo dejó impacto y con su pulgarcito.

Abrió los ojos en su cama de Buenos Aires. Respiró. Se inquirió inquieto ¿cuál sería la preocupación de su inconsciente, en pesadilla tan absurda?. Su pulgar había quedado doblado durante toda la noche, mientras lo masajeaba para que recupere reflejos; recuperó su misterio interno: y la frase brotó de su boca como dictada: “Nadie puede repartirse ni darse en trozos, ni dejarse vagar seccionado; la clave es el entero.”
¿Por eso, no había sabido mantener un amor íntegro? Había sido un rompecabezas en piezas sueltas para amar, siempre bajaba el pulgar y cambiaba. Ninguna mujer ama a un hombre seccionado.

El diariero de la calle Corrientes, al saludarlo como todos los días, notó marcas de unión en su cuerpo, como de piezas para armar. Este hombre, se dijo: hoy sonrió por primera vez, se lo ve completo; ha dejado en el basurero la caja donde se había desmantelado.

mabel casas